Hiperrealidad

En primer lugar, para poder hablar de la hiperrealidad, sería conveniente intentar establecer qué es la realidad. De por sí su definición resulta claramente ambigua si atendemos a la forma en que ha sido expresada durante la historia. Platón dividía la realidad en inteligible (la que constituyen las ideas), con algunas características como la inmaterialidad, inmutabilidad, eternidad y modelo de la realidad sensible, por un lado, y por otro en sensible (cosas), algo material, corruptible, cambiante, que constituía una copia de la realidad inteligible. Aristóteles, más tarde, creía que dicha realidad no podía existir en un mundo aparte de las ideas separadas del mundo sensible. Argumentaba que la realidad sensible es la manifestación de algo que tiene verdadera existencia.
En literatura, Cervantes fue uno de los que observó los diferentes planos de la realidad con su personaje visionario, presuntamente obnubilado por las novelas de caballerías, en lo que se llamó «la realidad oscilante». En un pasaje de la obra, concretamente la aventura de Clavileño, el caballo de madera, cuando los dos personajes se están explicando la vivencia, Sancho le dice a Don Quijote que cuando se encontraban en las alturas (con los ojos vendados), se ha destapado un ojo y ha visto allá abajo en la Tierra a los hombres poco mayores que avellanas y el planeta como un grano de mostaza. A lo que Don Quijote le responde que si quiere que crea lo que le cuenta, Sancho habrá de creer lo que vio en la cueva de Montesinos que previamente había contado Don Quijote, e inmediatamente finaliza diciendo: «y no os digo más». Seguramente Cervantes ya había observado que la realidad no tiene una única versión, que depende del punto de vista que cada persona se construye sobre un hecho determinado. Otro caso es el del «baciyelmo», un objeto que para algunos es una bacía de barbero y para otros un yelmo, y muchos otros ejemplos que nos demuestran que el observador imagina su realidad de acuerdo con sus estructuras mentales y bagaje cultural además de sus experiencias personales.
Antes del Siglo de Oro, los cronistas de Indias habían tenido serias disputas en cuanto al concepto de realidad. Algunos como Bernal Díaz del Castillo, para dar verosimilitud a su Historia verdadera de la conquista de Nueva España, dice, haciendo énfasis y utilizando un pleonasmo, que lo ha visto con sus propios ojos, además menoscaba la legitimidad de otros cronistas como López de Gómara, del que manifiesta que solo habla por lo que le han contado otros, de lo que se infiere que la realidad a la que alude el cronista es como mínimo dudosa. Otro aspecto destacado en la descripción del nuevo mundo es el hecho de tener que lexicalizar cuestiones nunca vistas o totalmente diferentes a las conocidas por el individuo (descubridor o cronista). Para ello cada persona recurre a su conocimiento del mundo o de la realidad de su mundo, de esta manera nos han llegado episodios muy relacionados con el imaginario europeo de la época, que entronca con una mentalidad medieval dominada todavía por una perspectiva teocéntrica de los asuntos de la vida.
En una definición simplista, podríamos decir que la realidad es aquello que está pasando o ha pasado, sin embargo la dificultad radica precisamente en eso, en saber si sobre un hecho en concreto existe solamente una realización lingüística o varias. Si pensamos en una situación cotidiana como pueda ser un accidente de tránsito en una ciudad, observaremos como de un mismo hecho que se ha producido en un momento determinado en un lugar concreto nos encontraremos con dos opiniones diferentes, probablemente influenciadas por el hecho de eludir la responsabilidad que conlleva un perjuicio económico.
Gabriel García Márquez decía que la realidad no es siquiera lo que ha pasado, sino el recuerdo que tenemos de ello. Esta conclusión nos remite con mucha seguridad a las dificultades que posee el cerebro humano cuando entra en juego la memoria. Según los últimos estudios realizados sobre este tema, al parecer la memoria es sumamente imprecisa en cuanto a los detalles, es decir que con mucha facilidad expresamos aquello que no ha ocurrido en realidad, simplemente construimos un relato que tenga sentido en aquellas partes difusas del discurso o que recordamos vagamente. Además el boom de la literatura hispanoamericana nos presentó un amplio universo sobre las relaciones entre realidad y ficción, con asociaciones de todo tipo: el realismo mágico, lo real maravilloso, la realidad real, etc.
Si para la configuración de la realidad hemos anticipado que andamos sobre un terreno inseguro y mudable, que podremos decir sobre lo que llaman hiperrealidad. En un intento de asentar el concepto, se podría decir que la hiperrealidad resultaría un constructo mental, una realidad a nuestra medida definida preferentemente por el autoengaño que nos invade, una representación de la realidad que se impone sobre ella y que nos gusta más porque la hemos adaptado, le hemos dado forma. De alguna manera, estaría relacionado con las teorías de Merleau-Ponty sobre la idealización de aquello en lo que pensamos (objetos de deseo, etc.), y los cambios de sentimientos que provoca en nuestra mente la evocación de las realidades vividas y recordadas de acuerdo con nuestros estados de ánimo o preferencias. También Borges había hablado de una forma de concebir la realidad como un sueño, por lo que surge la idea instantánea de fabricar la realidad con algunos ingredientes oníricos que guardan relación con los deseos o los miedos.
En cuanto nos centramos en la sociedad de nuestros días, no podemos dejar de pensar en la influencia que ejercen los medios de comunicación en nuestra percepción del mundo. En este sentido, las teorías de Baudrillard y Debord cobran significación puesto que proponen la estructuración de nuestra realidad a través de la televisión o de la prensa. Se puede decir que los medios de comunicación de masas nos imponen la realidad desde el momento en que utilizan sus herramientas para mostrarnos aquello que importa (o lo que nos debe importar) bajo su prisma particular, la competencia extrema que envuelve la toma de decisiones desarrolla la idea de que cualquier manifestación hacia el público debe de contener como elemento prevalente el espectáculo. Esta fuerza unificadora de conciencias ejerce una hipnosis de tal magnitud en el público indefenso que limita la capacidad de pensamiento profundo, ya que no concede tiempo a la reflexión, es un continuo pasar que no llega a ninguna parte. El movimiento circular de la información, por ejemplo, que propugnan los medios limita en gran manera la capacidad de análisis sobre temas realmente serios que pueda establecer el público, y además propicia que la mínimas asociaciones de ideas que se puedan establecer se relacionen con lo inmediato, prácticamente con el presente más cercano, de esta manera se consigue la pérdida de la perspectiva histórica. La información a la que se alude es manifiestamente fútil, basada en sucesos o cuestiones de consenso que no puedan presentar ningún riesgo para el establishment. En definitiva, se puede concluir con la afirmación de que los propietarios de los medios de comunicación son los que construyen la realidad deformada en la que nos vemos envueltos.
Los poderes que nos gobiernan han sofisticado tanto sus herramientas para la edificación de la hiperrealidad que las consecuencias que se derivan apenas son percibidas por la población. Por citar alguna, podríamos hablar de la supresión de la capacidad de pensar que han instaurado en la vida de los individuos, ofreciéndole una realidad formalizada e inamovible, cómoda y ausente del esfuerzo de la meditación que podría desestabilizarla. Han eliminado también cualquier crítica en contra del sistema mercantilista, primero con el filtro de los medios, y en segunda instancia mediante la desacreditación de las fuentes para, de alguna manera, desposeer de verdad aquello que no interesa que se conozca. Otra de las sutilezas que se pueden observar, son las que se refieren a la manipulación del lenguaje; el truco consiste en vaciar de contenido los grandes temas para difuminarlos ostensiblemente. A este respecto solo mencionaremos un par de eufemismos totalmente crueles, el primero es el que habla de daños colaterales y que esconde las matanzas que realiza el ejército sobre la población civil, y el segundo es el que se menciona como víctimas del fuego amigo, y hace referencia a los muertos por el fuego de sus propios aliados, seguramente no necesitan más comentario.

LO VERDADERO ES UN MOMENTO DE LO FALSO

La realidad

Un resumen simple sobre la construcción de la realidad que se deriva de la novela podría ser el siguiente: la autora nos da la visión de una historia a través de nueve personajes de la misma, es decir que la fragmentación constituye el elemento más destacado. Es significativo que el primer punto de vista lo dé el personaje de Romano, que posiblemente hable desde su perspectiva, y que el último relato lo lleve a cabo el mismo personaje, aunque en este momento de la historia y después de haber leído toda la obra, una lectura que puede desprenderse de este hecho es que el modelo habla por boca del protagonista muerto, Pumuky, que por tanto no lo puede hacer.
En el mundo de la hiperrealidad que intenta reflejar la novela, Pumuky configura la copia de Romano, esta afirmación está basada en las opiniones de los personajes y en algunos pasajes donde el narrador va trazando lo que fue la vida del cantante del grupo. Todos coinciden en que las mujeres con las que Romano ha tenido relaciones, posteriormente las han tenido con Pumuky. La realidad inalcanzable para el cantante se fabrica en su mente con el tacto y la posesión de las chicas que previamente han contactado con el objeto de su deseo. Se conforma con la representación de la realidad, es decir, con la hiperrealidad, intenta que ellas le transmitan aquello que él no puede conseguir, o lo sitúen en la órbita de su modelo. En algunas versiones de lo sucedido se constata explícitamente que Pumuky habla constantemente de su amigo, que cita las lecturas y los gustos de Romano, por así decirlo vive la vida a través de la personalidad otra persona. Esta alteración de la percepción puede presentar diferentes causas, la falta de referentes paternos que ha sufrido el protagonista seguramente han afectado su autoestima, de hecho se refugia en la madre de Romano para suplir sus carencias afectivas, ya que sus abuelos no le pueden ofrecer una sustitución satisfactoria.
Si atendemos a las explicaciones de los personajes en la entrevista personal, encontraremos solamente un punto en común, se trata de la certidumbre de que el protagonista estaba abocado a la autodestrucción. Por lo demás, se puede deducir que la mayoría de ellos miente por diversos motivos, o muestran una visión parcial de la situación. Es curioso observar que algunas justificaciones que se intentan expresar sobre los hechos ocurridos guarden relación con los presuntos ídolos de Pumuky: Jimmy Hendrix, Kurt Cobain y otros que murieron a los 27 años víctimas de una vida desordenada. Esta puede ser la realidad de Pumuky, o la que se ha creado en su mente a falta de mejores referentes, algo distorsionado por los medios de comunicación envuelto en un halo de perfección y de intensidad que queda lejos para los demás mortales. El protagonista manifiesta fehacientemente a través de la opinión del narrador y de los demás personajes un desmesurado deseo de reconocimiento, este sentimiento parece indicar, si aplicamos la lógica de la hiperrealidad, que si no te miran, si no te ven, si no te admiran, no existes, no eres nadie, alguien que conforme una idea de la realidad como esta necesariamente ha de considerarse alienado socialmente, esta perspectiva impuesta por los medios en los cerebros débiles desemboca casi inevitablemente en una situación paranoica o delirante. Así no encontramos extraño que el cantante cuente a sus amistades que lo persigue una banda de colombianos, su exceso de ego le produce la visión de una realidad desvirtuada e incluso deformada. La metáfora de la realidad como un retrato en mosaico que describe Mario, se acerca bastante a la concepción fragmentaria de la historia, donde cada pedazo es una parte de la realidad desde un punto de vista probablemente influido por las relaciones interpersonales de dos de los actuantes. Como dice Debord, de una verdad se construye una gran mentira, pero como la imagen tiene categoría de verdad, pues cada trozo del puzle contiene su parte de verdad (o de mentira).
Por otra parte, otro factor determinante en el edificio tambaleante de la hiperrealidad es la falta de valores. El personaje de Mario es un claro exponente, su falta de principios y de convicciones muestra una falta de pensamiento profundo que se refleja en la creencia en unos prejuicios estúpidos y en la inadvertencia de la trampa que le tiende Lola. En primer lugar, obra de forma contraria a lo que piensa y, posteriormente, alude a la delicadeza de su madrastra por una cuestión menor. En este punto, podemos hallar similitudes entre la situación que se está produciendo y el hecho de que los medios de comunicación de masas nos ofrecen una realidad dirigida a lo insignificante, a lo prescindible, a lo que no va a producir ninguna consecuencia puesto que no existe un fondo de la cuestión que merezca ninguna reflexión, pasando de soslayo por los temas importantes, sustituyéndolos inmediatamente por otros para que no exista la posibilidad de valorarlos convenientemente, así no pueden crear un poso en la mente del individuo que lo haga reaccionar y rebelarse.
El prisma de la realidad también pasa por la concepción capitalista de la sociedad y de la economía, algún personaje expone que para llegar a la cima del mercado laboral es necesario pisar la cabeza de los contrincantes, esta competitividad que nos viene impuesta por el sistema de mercado supedita los valores humanos al éxito personal o comercial, de esta manera elimina cuestiones como la solidaridad o la amistad entre personas. Lo mismo ocurre con la repetición de determinados esquemas mentales heredados de la sociedad de la televisión y de la prensa, sobre todo, basados en la publicidad que pretende decidir qué es lo importante y cuál ha de ser nuestra forma de pensamiento, frases como que una mujer se hace más valiosa cuanto más distante (Lola: «Sabía, por lo visto y aprendido, que…») ejemplifican esta afirmación, incorporando modelos mentales ridículos alejados de todo sentido común o de una meditación más o menos inteligente.

En el momento de la muerte de Pumuky, se encuentra acompañado de Mario, sin embargo, éste en su monólogo-entrevista manifiesta que se encontraba dormido y no pudo ver lo ocurrido. Por otra parte, no facilita detalles de la situación ni de ningún otro tipo relacionados con la escena del crimen, por lo que es difícil determinar si se trataba de un suicidio o no. La perspectiva global del narrador omnisciente no se muestra en el relato, simplemente presenta unos hechos apoyados por las impresiones en primera persona de los protagonistas. Por todo ello, el lector se hace una representación mental aproximada y parcial del desenlace fatal del protagonista, aunque no puede confirmar la verdad. Esta estructura segmentaria responde a la configuración del universo narrativo bajo el que se produce la obra, está emparentada con la teoría filosófica de Baudrillard y Debord en cuanto al modelo de representación de la realidad por parte de los medios de comunicación. La focalización individual del punto de vista de los personajes contribuye a la parcialidad y la subjetividad de lo narrado, el desenlace de la historia no tiene demasiado sentido porque, probablemente, tampoco lo tiene el deambular contradictorio del protagonista. Su propuesta vital carece de objetivos, solo le interesa el presente, la posmodernidad constituye su ideario personal, no persigue ningún referente, únicamente se mueve por pulsiones perentorias desvirtuadas por el consumo de sustancias que cambian una realidad sustituyéndola por otra ficticia. Pretende hacer de su vida un continuo espectáculo, como si siempre se encontrara sobre el escenario para reafirmarse, sentirse admirado dentro de la sociedad simulacro de la que habla Braudillard.

En la primera entrevista, Romano habla de la publicidad de las marcas comerciales que recurren a la amistad para que el consumidor haga la asociación de ideas pertinente, esta estrategia sutil en realidad intenta crear una necesidad en el individuo, entonces la mente establece la correspondencia entre aquel producto y la amistad o la diversión. He aquí otra dimensión de la hiperrealidad que pretende subyugar y someter la voluntad de las personas con el objetivo de fomentar el consumismo desmesurado, base del sistema capitalista. Otra mención interesante es el narcisismo de Pumuky, muy relacionado con la posmodernidad, el hombre enamorado de su imagen pública, alimentando su ego día a día, cerciorándose de que es alguien en tanto en cuanto es reconocido en cualquier lugar como un ídolo (de barro).
La metáfora de descubrir el mecanismo del juguete resulta acertada para describir el pensamiento del hombre actual, las implicaciones son muy claras, no queremos reflexionar sobre un tema porque entonces nos aburrimos, necesitamos situarnos siempre ante la expectativa, en la pura irreflexión. De todas maneras tenemos tantos juguetes al alcance que para qué queremos saber cómo funciona, en todo caso los medios de comunicación se encargan de abastecernos de todo lo necesario para que esta espiral se convierta en un bucle sin fin.
Cuando los tres componentes del grupo se van a París, Romano describe la situación de su padre con su madrastra y las intenciones de Pumuky con respecto a la hija de su madrastra. Lo más destacado en este pasaje es la ausencia de valores tanto de su padre como de Pumuky, ya que el primero cazó a una rica heredera y el segundo intenta hacer lo mismo. Es la cultura del mínimo esfuerzo, igual que se observa en gran parte de la juventud de nuestros días, reflejo de la posmodernidad imperante. García Márquez sentenciaba diciendo que no hay droga más peligrosa que la del dinero rápido y fácil, por esta senda los valores siempre están ausentes, apenas hay que pensar una sencilla estrategia de seducción y ya está. En la prensa actual leemos constantemente que tal o cual rico hombre de negocios se ha separado de su esposa que suele ser modelo o mis algo, con el consiguiente reparto de bienes. Este es el modelo de vida que proponen algunos medios de comunicación y revistas temáticas (monotemáticas), estos son los valores actuales para gran parte de la sociedad, y a los que intentan desprestigiar estas conductas lo primero que les responden es que de acuerdo, pero mira el dinero que tiene, desde luego no consideran si por el camino han perdido la dignidad u otras características que deberían definir a una persona.
Romano describe con mucha claridad la hipocresía que rodea el matrimonio de su padre borracho con una francesa, todo el decorado es perfecto: la casa, la vajilla de plata, pero detrás se esconde una farsa de malos tratos y enfermedad alcohólica que no puede sustentarse nada más que en la sociedad-espectáculo de las apariencias.
Un poco más adelante habla de la represión policial hacia los manifestantes por temas laborales en Francia. El poder utiliza a la Policía como medio de control social, no puede aceptar que se critique al sistema, de la misma manera que los medios de comunicación censuran a la oposición que pueda desestabilizar la situación de privilegio que ocupan. El supuesto orden que defienden los gobernantes es el que de vez en cuando aparece en los medios con la imputación de algún alcalde prevaricador, la denuncia contra unos sacerdotes pederastas, el enriquecimiento de personas vinculadas a partidos políticos que dirigen instituciones respetables, los favores que reciben ex dirigentes políticos cuando pasan a la empresa privada, las subvenciones a la banca que sufraga las campañas políticas, instaurando el miedo en la población con la posible quiebra económica del país. Pero no pasa nada, si la mayoría son delitos económicos que no tienen mala prensa, al contrario, además los legisladores cenan a menudo con los banqueros, no van a cebarse en unas penas duras y ejemplares por asuntos de segundo orden.

Mario expresa en su entrevista la influencia que ejercen las redes sociales en la nuestra era, dice que desde que los promocionaron en MySpace se hicieron de oro y que los conocía todo el mundo. El fenómeno colectivo de las redes sociales ha traspasado todas las fronteras, se podría decir que incluso ha esquivado los omnipresentes tentáculos del poder, una prueba de ello es la situación actual en el Norte de África, al parecer, alguno de los iluminados líderes de esta zona intentó suprimir la conexión de su país con el resto del mundo, sin embargo, los intereses del mercado impusieron su poder, y no le dejaron actuar porque ha de estar sometido irremediablemente al Dios contemporáneo de la economía, entonces utilizó las bombas.
La realidad delirante de Pumuky incluye la posesión de una pistola de la familia, posiblemente propiedad de su abuelo, un señor muy adinerado que seguramente temía por sus intereses y se armó para defenderlos. La estrategia del miedo es otra característica de la sociedad posmoderna: es necesario acumular alimentos cada vez que sucede algún hecho terrible según la televisión (para favorecer el consumo), es conveniente tener armas en casa por si somos atacados (gran negocio de la venta de armas), a los niños hay que protegerlos en casa para preservarlos de la maldad del mundo (preferiblemente para que vean la televisión o se conecten al ordenador), el miedo al terrorismo árabe es tan palpable que asegura la impunidad de los gobiernos occidentales para cometer las mayores tropelías en aquellos países (así se defienden los intereses de las empresas de cada país occidental y se les sustraen los recursos a los extranjeros), los ciudadanos han de mantener una dieta sana porque su imagen es lo más importante, de esta manera ni engordan ni enferman (las empresas farmacéuticas han de subsistir), miedo y más miedo.
Las últimas palabras del soliloquio de Mario hacen referencia concreta a Guy Debord y al título del libro, a pesar de que emplea un lenguaje muy cercano y sencillo, expresa en líneas generales la teoría del autor francés. Se puede destacar la frustración que se desprende de sus palabras, pero no podemos olvidar que su argumentación se basa en temas aparentemente muy banales, habla de su depresión sin especificar cuáles son los motivos que la provocan, es posible que se trate de la relación con su madrastra que lo ha utilizado, aunque tampoco ha reflejado sus sentimientos hacia ella, por lo que se deduce que no los experimenta, más bien parece una pose que manifiesta una gran superficialidad.

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Aproximación al realismo sucio

Si en cierta manera la obra de Lucía Etxebarria tiene algo que ver con el realismo sucio (con esos aires turbios que se acaban desencadenando en Historias del Kronen, con los garitos y locales de la noche madrileña –donde los conciertos, las fiestas y las relaciones esporádicas se convierten en el pan nuestro de cada día; donde los triángulos amorosos se suceden de una manera trepidante—) es tan sólo quizá superficialmente, a grandes rasgos, aunque, por otra parte, parezca innegable sacar a luz la analogía: 1) en tanto que en la obra de Etxebarria los personajes principales son componentes de un grupo de tres amigos –grupo de música además—, cuyo estilo de vida acomodada pretende ser revelado en la obra cabalmente; en Historias del Kronen el efecto es similar –también un grupo de tres amigos, cuatro en ocasiones, que pretende reflejar el estilo de vida de una de las últimas generaciones madrileñas, la de los noventa, de familia bien acomodada, aunque sin ningún tipo de motivación; jóvenes todos ellos venidos a menos por una suerte de pereza vital, de embotamiento, que les lleva a las actitudes más decadentes); 2) en tanto que las relaciones que mantienen a primera vista los personajes son de tipo heterosexual, aunque en última instancia salga a relucir –tal vez por exigencias del guión— la atracción que siente uno de los personajes principales por otro, a pesar de ser ambos del mismo género, amén de los conflictos emocionales que ello comporta; y 3) en tanto que el lugar escogido para que se lleve a cabo la acción no es otro que el mismo Madrid, el Madrid nocturno, el Madrid semiaristocrático.
Puede, como venimos diciendo, que las analogías no sean más que meramente superficiales, que lo que abarca uno no lo abarca el otro: 1) en la obra de Etxebarria, por ejemplo, el número de personajes supera con creces al de Historias del Kronen (también en lo tocante al número de páginas); 2) por otra parte, la historia está enfocada desde la perspectiva de cada uno de ellos, que pivota sobre la vida de Pumuky, personaje principal por excelencia, aportando cada una de ellas rasgos totalmente subjetivos; 3) el realismo que encontramos no este realismo sucio del que venimos hablando, sino más bien otro tipo de realismo –y aquí entendemos realismo como sensación de realidad—, en tanto que aunque pone ante los ojos del lector secuencias relativamente condenables, moralmente hablando, no lo acaba de hacer de esa manera tosca y grosera de que se sirve el realismo sucio —y esto no es ninguna crítica, sino más bien al contrario—, sino que presenta las escenas con una mayor sutileza.
Como digo, no pretendemos comparar una con otra, sino hacer llamar la atención sobre ciertas peculiaridades que presentan tanto una como otra, en el sentido de meras analogías.

Personajes

ANÁLISIS DE LOS PERSONAJES:

Los personajes principales y construcción de la realidad.

En el libro encontramos a un total 25 personajes. Están los tres  principales sobre los que se construye toda la trama: Romano, Mario y Pumuky Éstos pertenecen al mismo grupo de música, los “Sex and Love Addicts”, nombre que refleja una cierta promiscuidad y una facilidad para entablar relaciones sentimentales. También trataré a Olga, Lola, Sónia y Valéria porque considero a estos cuatro personajes femeninos como respuesta a diferentes modelos de conducta. Los personajes de los libros de Lucía Etxeberría son nada maniqueístas, con una profundidad en su carácter que los hace distintos, y siempre construye la trama a partir de ellos.

Romano es el primer personaje que sale a escena. Su físico entraña virilidad, corpulencia, confianza y carácter de seguridad en sí mismo, serenidad. Es el mejor amigo de Pumuky y bajista del grupo. Su seguridad en sí mismo, junto con su atractivo físico le hace tener bastante éxito entre las mujeres.

Mario es quién da de beber a los demás de sus convicciones e ideología. Es un anarquista posmoderno que se encuentra un poco fuera de lugar en un mundo laboral como el de hoy. Soñaba con vivir de la música para no tener que encerrarse en una oficina.

Pumuky es la piedra angular sobre la que gira toda la arquitectura del libro. Es autodestructivo e instintivo, debido a traumas de una infancia dura tal como que su madre muera de sobredosis en sus brazos cuando él apenas contaba con una década sobre este mundo. Su filosofía de vida está entre un nihilismo y un hedonismo extremos, llevados a una sociedad en plena decadencia como es la actual. “El placer se puede comprar con dolor” es una muestra de ello, aunque esta búsqueda del placer sin tener en cuenta nada más dista mucho de la concepción hedonista del mundo helenístico. La vida en la metrópolis, en una enorme comunidad de varios millones de personas le produce, sin embargo, la mayor soledad posible. La sociedad y el posmodernismo. El individualismo, el narcisismo, el culto al cuerpo y no a la mente, el materialismo en su máxima expresión, la búsqueda del éxito, del dinero y la fama por encima de todas las demás cosas. Un modelo social que produce extremos picos de soledad, vacío, tristeza, conformismo, depresión, anorexia, automedicación, suicidio… Vamos, el paraíso terrenal.

(Por cierto, ¿soy el único que al llegar al final del libro volvió hacia atrás, a la escena en que Mario y Pumuky están en el campo, a contar los disparos? Para ahorraros tener que buscarlo: dispara una vez a una de las latas; Mario se va, y escucha tres disparos más a lo lejos: la pistola tenía 4 balas. Esta no arroja ninguna luz nueva pues bien podría haber hecho dos disparos al aire y el tercero a la cabeza, pero ya que me parece feo el recurso de sembrar la duda sobre la muerte de Pumuky mediante los colombianos, dejando un final abierto que en la narrativa actual está de moda, también he considerado oportuno alabar este recurso, ya que me hizo volver atrás en el libro, expectante.)

Olga es la mujer que se eleva por encima de todas las demás. Es segura, madura (ronda los cuarenta años), inteligente y atractiva. Ha “engañado” alguna que otra vez a su marido pero no se siente culpable; es más, después de hacerlo con Romano se siente más guapa, espléndida y triunfal. Es muy competitiva y parte de su infidelidad radica en este sentimiento de querer superar, de alguna manera, a la otra mujer que hay detrás de un hombre que encuentra interesante. Su matrimonio con Iván, con el que no ha conseguido tener un hijo, le resulta nada inspirador o divertido. Tiene anhelos de pasión y aventura que su matrimonio es incapaz de satisfacer. Las relaciones humanas tardan años en consolidarse, deben tejerse infinidad de pequeños hilos que las sujeten. Pero basta con un pequeño gesto, apenas una palabra, para demoler todo ese edificio. Un día, ante una crisis de pánico Olga llamó a su marido asustada. Éste le colgó el teléfono sin más, diciendo que no tenía tiempo; y rompió el hilo, sin saberlo, de su relación. ¿Acaso es Olga, en algunas aspectos (no digo en este obviamente), “alter ego” de la autora?

Lola es una chica joven, de 32 años, que se casa con el apdre de Mario, Víctor, que supera los cincuenta. Cree haberse enamorado, pero sólo lo ha hecho de sus status, de su condición, de su capacidad económica. Ha renunciado a su juventud por tener a un hombre con dinero que en lo personal dista mucho de satisfacerla. En este aspecto, su vida es un aburrimiento, y decide, a propósito de todo esto, acostarse con Mario, el hijo de su marido, su hijastro. La cosa dura lo que suelen durar estas cosas, y termina como suelen terminar: rápido. “El placer se puede comprar con dolor”, pero como lo primero que nos llega es el placer, solemos aceptarlo. Si fuese al revés… otro gallo cantaría.

Sónia es el personaje femenino que encarna la lucha de la feminidad contra la sociedad de hoy. Lucha contra el machismo imperante (caracterizado por el trato que recibe de Romano, no porque éste sea machista sino por como la trata en lo personal, como un objeto), contra el canon de belleza estética femenina de nuestros días extremadamente delgado (Valeria) No ha estudiado en la universidad porque no tuvo la oportunidad, pero es atractiva, inteligente y luchadora. Y su atractivo es natural. Es una luchadora de barrio humilde, de las de verdad, no otro estereotipo deforme de superación personal como Belén Esteban. Sónia es una chica ficticia pero mucho más real que ella.

Valeria: guapa, rubia, excesivamente delgada, con estudios universitarios, refinada, delicada. Es, a decir verdad, la antítesis de Sónia. Es una de esas mujeres «llenas de sí mismas pero siempre vacías» [p.314]. Sería, para que nos entendamos, un Cristiano Ronaldo pero con atributos femeninos: narcisista hasta la hipérbole, se sabe guapa pero lo exagera, se tiene que dejar ver en ciertos sitios para aparentar. En realidad es esclava de su belleza, es una caricatura de sí misma. Aunque inteligente, los estereotipos impuestos por la sociedad le han ganado la batalla, dejando tras de sí sólo a una princesita más, a la que todo el mundo desea pero nadie quiere.

Conclusión

Lucía Etxebarría dota a cada uno de sus personajes de una dimensión real, humana, y de otra dimensión estereotipada, fiel a ciertos tópicos sociales, que todos podemos reconocer. Esta última dimensión nos facilita la interiorización del personaje, haciéndonos más fácil percibir la profundidad psicológica de los mismos. Reconocemos en ellos rasgos de nosotros, de conocidos o de gente de la memoria colectiva y cultural de la sociedad.

Subjetividad y Objetividad

El libro se construye sobre tres pilares, que son los tres miembros del grupo de música, Romano, Mario y Pumuky, sobre los que se construye una trama de la que podemos entrever la verdad. Pero es una verdad a medias, pues la autora se cuida mucho de que así sea, tanto de manera implícita, dejando caer palabras de Pumuky como que quería suicidarse, como de manera explícita en varias ocasiones, diciendo que una determinada opinión de un protagonista es sólo “su” verdad y que difícilmente llegaremos al verdadero Pumuky a través de los demás.
Este es un tema que preocupa realmente a la autora y que en realidad tiene difícil solución. La eterna dicotomía entre subjetividad y objetividad, que seguramente sólo sea salvable creyendo aquello de que nunca conocemos realmente a alguien. Y no porque tenga secretos escondidos en su subconsciente que nos trate de ocultar y que en un determinado momento aparezcan, y entonces nuestra opinión sobre esa persona cambie de una manera tan radical como para hacer que una novia pase a ser una exnovia, una pequeña tragedia de la memoria. Y analizamos entonces, a partir de este pequeño descubrimiento, como si de repente nos diésemos cuenta que aquello no era la Índia sino un nuevo continente, todo lo anterior, y vemos cosas que antes no podíamos ver. Esto sucede porque en realidad siempre nos formamos una opinión sobre los demás. Es una opinión basada en esa persona que conocemos, pero a través de nosotros. A través de nuestras inquietudes, similitudes, miedos y deseos. Actuamos como filtro. La otra persona es un fenómeno de nuestra subjetividad. Y si ya resulta lo suficientemente difícil conocerse a uno mismo, como dictaba el Oráculo de Delfos al pie del monte Parnaso, más aún resulta conocer a los demás mirando a las personas a través de un filtro. Nuestro propio filtro que no podemos ver porque está dentro de nuestra retina; un filtro basado en nosotros mismos. Un filtro del que no somos para nada consicentes.
Schopenhaüer dijo que “el hombre en su totalidad es un fenómeno de su voluntad” y que, por tanto, es estúpido tratar de ser algo distinto de lo que en verdad se es. Si Pumuky quería suicidarse a los 27, seguramente lo haría. Y lo de citar problemas con unos colombianos (pobre pueblo estereotipado hasta la hipérbole, ¿acaso aquí somos todos toreros?) fue sólo un recurso puntual de la autora para salpicar al lector con la duda de si lo matan ellos o si es él quien realmente se quita la vida.
Pumuky repitió varias veces, así lo dicen varios testimonios de sus conocidos (y eso no es demasiado subjetivo, pues las palabras se dicen en un tono o en otro, pero se dicen al fin y al cabo) aquello de su deseo de suicidarse. Una vez escuché una frase que decía: “vigila tus pensamientos, porque se convierten en palabras; vigila tus palabras, porque se convierten en acciones, y vigila tus acciones, porque se convierten en tu conducta”. Los pensamientos de Pumuky permanecen ocultos en su “yo interior”, sin embargo tenemos todo lo demás: palabras deseosas de suicidio, acciones una detrás de otra en la mala dirección, y una conducta autodestructiva. La autora nos sugiere que quizá no, porque la narrativa actual premia a los finales abiertos. Lo cierto es que analizando bien el libro y leyendo las páginas que tratan sobre Pumuky, la única salida lógica de su trágica existencia es la muerte, como en la antigua Grecia.

Violaciones de las máximas de Grice en Lo verdadero es un momento de lo falso, de Lucía Etxebarria

Cuando se produce el acto comunicativo, suele haber una diferencia notable entre lo que se dice y lo que se comunica. Grice habla de la existencia de unas normas, que conocen tanto el hablante como el oyente y que guían la conversación, llamadas implicaturas. Este tipo de inferencias están ligadas a las máximas conversacionales de cantidad, calidad, pertinencia y manera, y obedecen a un Principio Cooperativo que los seres humanos tenemos en cuenta en el intercambio de información. Es importante tener en cuenta que las máximas transmiten implicaturas tanto cuando se respetan como cuando se transgreden.

A partir de esta teoría, hemos analizado algunos casos en los que se incumplen las máximas para ver por qué se ocasionan y los efectos que producen en los diálogos entre los personajes de la novela Lo verdadero es un momento de lo falso, de Lucía Etxebarria.

Ejemplo I (pág. 41)

A: Yo voy a un concierto.

B: Y los demás, ¿no viajan contigo?

A: Han salido en furgoneta esta mañana…

En este ejemplo, se viola la máxima de pertinencia porque no hace las contribuciones pertinentes, es decir, en lugar de dar una respuesta directa a la pregunta “¿No viajan contigo?” (cuya respuesta sería “no”), A prefiere dar una información aparentemente irrelevante para la respuesta (“han salido en furgoneta esta mañana”), pero mediante la cual B entenderá que, efectivamente, no viajan con él.

Ejemplo II (pág. 42)

A: Huy, mira, están embarcando. Oye, ¿qué número de asiento tienes? […]

B: 4 A. Ventanilla.

A: 25 C. Pasillo… […] Vaya, qué pena.

En este caso, en primer lugar, la máxima que se viola es la de manera, puesto que A, que pretende sentarse al lado de B, en lugar de formular una pregunta clara y directa, muestra interés por el número de asiento de B. En segundo lugar, A, sin que B se lo haya preguntado, le da la información del número de su asiento, violando así la máxima de cantidad, puesto que hace su contribución más informativa de lo requerido, aporta datos que no le han sido solicitados. Y, en tercer lugar, A viola la máxima de la pertinencia añadiendo «Vaya, qué pena», una aportación irrelevante para la conversación, pero gracias a la cual B llega a comprender el propósito inicial de A.

Ejemplo III (pág. 47)

A: Oye, esta noche te quedas en Barcelona, ¿no?

B: Pues no había pensado… Casi seguro me vuelvo en el último puente aéreo.

A: Tía, por favor, quédate y ven a vernos tocar.

En este caso, B, para no violar la máxima de calidad porque no sabe dar una respuesta concreta a lo que se le pregunta, viola otras máximas: la de manera, porque no proporciona una respuesta clara y concisa, y la de cantidad, porque ofrece más información de la que se le ha solicitado. Por otro lado, la intervención de A no es una pregunta por definición, sino una afirmación resultado de una suposición suya (da por hecho que B se va a quedar en Barcelona); B desea que A no se vaya, lo cual quedará reforzado en la súplica final.

Ejemplo IV (pág. 70)

A: Si me quedo esta noche, ¿me harás un favor?

B: Pide por esa boquita.

A la pregunta total de A, B no contesta de manera adecuada (es decir, con “sí/no”) y viola la máxima de manera porque no es claro con su respuesta. En realidad, con “Pide por esa boquita” está dando a entender que la contestación a la petición de A es afirmativa, pero no lo dice en ningún momento.

Ejemplo V (pág. 93)

A: ¿Nos vamos a comer a la playa?

B: Podemos comer si quieres, pero yo tengo que llegar a casa pronto. Mañana tengo muchísimo trabajo…

A: Entonces mejor no vayamos a la playa.

B viola la máxima de manera, ya que, para dar una respuesta negativa a la pregunta de A, hace un rodeo para evitar contestarle directamente. Además, al aportar todos los datos que le sirven de excusa, B viola la máxima de cantidad, puesto que da más información de la requerida. Con estas violaciones, sin embargo, A entiende claramente que la respuesta de B es «no».

Ejemplo VI (pág. 107)

A: ¿Quieres…?, ¿quieres que… te devuelva el favor?

B: No ha sido ningún favor.

A formula una pregunta total a B, que tendría que haber respondido con “sí” o “no”. Al no hacerlo ha violado la máxima de cantidad, porque da una información extra, y la de pertinencia, porque el comentario no era relevante. Además, B no contesta ni siquiera indirectamente a la pregunta, sino al término “favor” utilizado por A, recurriendo a una implicatura para darle a entender que la acción llevada a cabo no la considera como tal.

Ejemplo VII (pág. 137)

A: ¿Romano no va?

B: Bueno, se ha sacado una novia nueva, una chica guapísima. Modelo, creo. Y no salimos mucho con él últimamente, está siempre con ella.

B viola la máxima de cantidad porque da más información de la requerida, dando vueltas para exponer las razones de una respuesta que no facilita, pero que se entiende por esas mismas explicaciones. Además, infringe la máxima de manera porque se explaya en su parlamento sin ser claro del todo y nada ordenado.

Ejemplo VIII (pág. 140)

A: ¿Nos vamos a la sala Sol? Tú has dicho que todavía está abierta.

B: Pero son las tres y tú tienes que trabajar mañana.

Vemos un caso muy parecido al del ejemplo V, en el que, para no ser descortés rechazando una invitación, B viola la máxima de manera no siendo ni breve ni claro, la de cantidad porque dice más cosas de las que se le han preguntado, y la de pertinencia porque contesta con evasivas no convenientes, ya que no le incumben a él.

Ejemplo IX (pág. 140-141)

A: ¿Dónde he aparcado mi coche?

B: Pero tú no estás en condiciones de conducir, no sé siquiera si de encontrarlo…

En este ejemplo, A formula una pregunta que podríamos intuir retórica: no sabe dónde ha aparcado su coche e intenta recordarlo. Pero, de todas maneras, B no contesta a esa pregunta, sino que hace una reflexión a partir de ella, quebrantando así las cuatro máximas, ya que da más información que la que se le solicita (cantidad), acusando a A de algo de lo que no tiene pruebas suficientes (calidad), haciendo una contribución irrelevante para el propósito de la comunicación (pertinencia) y siendo ambiguo en su respuesta (manera). Con todo ello intenta expresarle a A que da igual dónde esté el coche porque no debería conducirlo.

 

Ejemplo X (pág. 142)

A: No estarás intentando ligarte a la mujer de mi padre, ¿no?

B: Mario, coño, no seas malpensado…

A la pregunta de A, B contesta con una evasiva. Viola la máxima de cantidad porque da una información que no se le ha demandado, y la de manera porque no es claro en su explicación, con la respuesta cae, quizá de forma intencionada, en la ambigüedad: no dice ni que sí ni que no, solo que no piense mal de él.

Ejemplo XI (pág. 243)

A: Por cierto, me llamo Sabina. Sabina Ragès.

B: Mara.

B interviene en la conversación para proporcionar una información que no se le ha solicitado, con lo cual incumple la máxima de cantidad. En este caso, su contribución en el diálogo es pertinente atendiendo a las fórmulas de cortesía: A le ha dicho su nombre y B colabora dando a conocer el suyo.

Ejemplo XII (pág. 250)

A: ¿Dé donde has sacado esto?

B: Me lo regaló una amiga.

A: ¿Qué amiga? ¿La baronesa Thyssen?

B: ¿Tan caro es?

B, a la pregunta de A “¿qué amiga? ¿la baronesa Thyssen?”, contesta con otra pregunta. La intervención de A es irónica: A piensa que el regalo es muy caro y que solo una persona con un poder adquisitivo elevado puede costearlo; B reacciona con una pregunta para verificar si ha entendido correctamente la ironía y el propósito profundo del mensaje que le quería hacer llegar A. Está violando la máxima de cantidad porque no contesta dando la información que en principio se le requiere.

Ejemplo XIII (pág. 252)

A: ¿Y confías en la persona que te lo ha regalado?

B: Pues… No la conozco mucho, la verdad.

A formula una pregunta a B y este no contesta de la manera apropiada, sino que hace una reflexión a partir de la cuestión de A. Está violando la máxima de cantidad, porque aporta una información extra, y la de manera, ya que no es claro en su respuesta. B lo hace de esta forma porque no está seguro de la respuesta adecuada (no sabe si fiarse porque no conoce mucho a la persona que le ha hecho el regalo).

Conclusión

El libro entero es una violación de las máximas. Como punto de partida, podemos decir que la autora, al escribir un relato de ficción, está quebrantando la máxima de calidad, ya que nada de lo que aparece contenido en él es verdadero. Los personajes de la obra están continuamente faltando a todas las máximas: hablan de asuntos irrelevantes, divagan, son ambiguos, desordenados en sus discursos, se recrean en las explicaciones, hacen alusión a sospechas e intuiciones, dicen mentiras, cuentan anécdotas innecesarias para el propósito de la novela, etcétera. La autora plasma las relaciones de un grupo de gente más o menos normal con una historia verosímil y, por tanto, con todos estos recursos, quiere hacernos acercarnos a la novela recreando por escrito los diálogos y monólogos de los personajes tal y como se darían en la vida real.

El uso de las implicaturas estándar y de la explotación de las máximas es de gran utilidad en las obras literarias cuando estas quieren dar apuntes de realidad, ya que en la vida real utilizamos estos procedimientos constantemente sin ser conscientes de ello.

Paloma Brunet Castell

Félix Pérez González

Macarena Pérez Paz

Rebeca Ramírez Pérez

Sobre la hiperrealidad

Este libro se podría describir con una sola frase: Incapacidad de la conciencia de distinguir la realidad de la fantasía; especialmente en las culturas posmodernas tecnológicamente avanzadas (como es en este caso). Frase que describe a su vez la trama del libro y, evidentemente, lo que es la hiperrealidad. Desde que se empieza a leer hasta que se finaliza el libro, este tema está bien patente; muchos de los personajes principales hablan sobre la muerte de Pumuky y sobre sus relaciones con él de una forma que no podríamos distinguir si lo están inventando, si realmente pasó así, o si los hechos no ocurrieron precisamente como ellos lo explican. Se llega a esta conclusión al acabar el libro, donde el lector queda sumido en la duda de qué fue realmente lo que le pasó a Pumuky, si lo mataron o si se suicidó.
El primero que habla en la novela, Romano, nombra la amistad como algo realmente falso, la amistad que se recibe de los demás no es la verdadera amistad, sino la que los medios de comunicación (él menciona principalmente a la publicidad) interfieren en tu forma de verla: Falsa, interesada y que nos la venden como una amistad únicamente para nuestro entretenimiento, Puramente irreal.

Baudrillard sugiere que el mundo en el que vivimos ha sido reemplazado por un mundo copiado, donde buscamos nada más que estímulos simulados; en el caso del libro, los estímulos son principalmente: El amor, el deseo, la felicidad, la amistad, el intento por lograr la satisfacción personal cueste lo que cueste, el deseo de la eterna juventud, el engaño como aceptación normal de la vida… todos ellos, fallidos desde el principio, con el autoengaño de los personajes.

El consumismo, por su dependencia del valor de signo, es el factor contribuyente para la creación de la hiperrealidad; es donde se introduce el tema de las drogas, el alcohol, etc.

Éste engaña a la conciencia hacia el desprendimiento de cualquier compromiso emocional verdadero, optando, en cambio, por la simulación artificial, e interminables reproducciones de apariencia fundamentalmente vacía. Los jóvenes buscan este engaño en las drogas, el alcohol, el sexo como satisfacción plena y personal y, al revés de lo deseado, provoca una desilusión general, que intentan reemplazarla y la empeoran cada vez más; los adultos centran su atención en los bienes materiales, la apariencia, tienen la necesidad de volver a la juventud, de sentirse fuertes, seguros, atractivos y deseosos de cambios radicales en sus vidas. Todo esto, solo provocará fracasos, ya que se engañan con fantasías imposibles de realizar, con un modo de vida que no les corresponde.

Para finalizar este apartado sobre la hiperrealidad, mencionaré el título de la obra “Lo verdadero es un momento de lo falso” frase que, como bien dijo Debord, hace referencia a los medios de comunicación, que “a partir de la verdad se construye la mentira”, como bien dice Mario en el libro “Cada cual le va a contar su verdad, trozos de su verdad, pero cuando junte todos esos trozos, inevitablemente se encontrará con una historia falsa”, por lo tanto, se llega a la conclusión que lo “verdaderamente real” está aún por descubrirse, que lo que es real y cierto para unos, para otros no lo es; ya sea por la modificación, la exageración o simplemente por la invención.

Alba Carricondo Benito

 
 

Publicidad

Si hablamos de la construcción de la hiperrealidad a través de los medios debemos incluir La Publicidad, que aunque se mencione con menos frecuencia en la obra, sí tiene un peso importante en la creación de los estereotipos que siguen los personajes.

La publicidad es una forma de comunicación que desea convencer a los usuarios para que actúen de una forma determinada. Lo que pretende no es tanto la descripción de un producto sino generar una fuerza que afecte a nuestras decisiones y modifique nuestra realidad, con el fin de que el producto nos resulte imprescindible. Para Lyotard, con la publicidad han desaparecido los grandes tópicos argumentales de la modernidad y el único discurso coherente es el de las mercancías, no de los objetos sino de los valores y signos que los comunican. Esta pérdida de valores tradicionales dificulta la comprensión de la realidad creando una hiperrealidad publicitaria que nos lleva al consumismo subconsciente e irracional.  Este consumismo se expresa a través de un universo simbólico que reproduce los valores y estilos de vida dominantes en la sociedad actual.

La publicidad está empezando a convertirse en la fuente más poderosa de contaminación mental. Según un estudio de Kalle Lasn una persona media de una ciudad cualquiera recibe unos 3000 mensajes publicitarios al día (logotipos, paneles publicitarios, revistas, anuncios en televisión/radio, vía internet…). Y aunque todos nos consideremos inmunes a ella la publicidad se instala en nuestro subconsciente y nos hace actuar a su antojo. Romano en las primeras páginas de la obra hace alusión a esto: si tú ves la tele parecería que los amigos sólo sirven para salir de copas (…) pero yo he aprendido que la amistad es algo más.

La publicidad crea estereotipos que son modelos impuestos en nuestra sociedad con la intención de dirigir nuestros deseos y que a través de repeticiones de éstos nos llevan directamente a la imitación. Existen una serie de estas constantes culturales que se repiten con más frecuencia: la felicidad (si consumimos los mismos productos que los estereotipos seremos felices), la competividad (necesidad de destacar sobre el resto), el éxito social (también el sexual), la tecnología (debemos avanzar con la ciencia) y la feminidad (ser la más guapa). Todos ellos hacen que el individuo postmoderno se sienta en la necesidad de consumir. Pero estas inquietudes que se crean en el consumidor muchas veces provocan daños irreparables cómo la anorexia o la vigorexia. En ‘Lo verdadero es un momento de lo falso’, encontramos dos personajes obsesionadas con el estereotipo femenino publicitario. Por un lado, Olga que es una mujer de 40 años que tiene la ilusión de recuperar su juventud con los productos de belleza que encuentra en el mercado. Y por otro, Valeria, una chica joven bellísima muy obsesionada con su aspecto tanto que, se siente simplemente un objeto sexual.  Estos dos personajes son ejemplos de lo que la publicidad corrompe nuestra mentalidad sumergiéndonos en un deseo de conseguir cosas hiperreales en un mundo real. Y lo peor es que lo consigue y acabamos viendo obsesiones de este tipo como normales.

Atalía Urbiola Mohamed