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Reflexión sobre el desencanto en los personajes

Hay libros que, al cerrarlos tras pasar la última hoja en la que a veces figura la terrible parabra “FIN” (y a menudo en mayúsculas, para más inri), dejan en ti una profunda sensación de empatía. A veces esa sensación se manifiesta en lágrimas; otras veces, en alegría; otras, en un estado reflexivo; y en algunas otras ocasiones, esa sensación se asemeja a una incomodidad amarga que se te clava en el pecho y que no hay manera de sacar, bien porque su causante te ha dejado realmente estupefacto y desorientado o bien porque nos hemos sentido más identificados de lo que nos gustaría. Y quizá es eso segundo lo que me ha pasado a mi.

Tras leer las vidas, milagros, engaños, miedos, frustraciones, trapicheos, intereses, manipulaciones y demás sustantivos (a la suma, negativos) que podrían configurar esta larga lista, la sensación que se me metió en el cuerpo fue bastante desalentadora. No pude sino aceptar que, aunque con matiz literario y aliños algo exagerados, la vida de los personajes que configuran la novela no se aleja en absoluto de la realidad que nos envuelve. Y salvando el abismo literario de la obra, no pude más que preguntarme si realmente todos los humanos vivimos como Olga, sentimos como Sonia, nos sacrificamos como Lola, sufrimos como Pumuky, envidiamos como Romano; o si nos sentimos, como Sabina, distintos al resto del mundo y con potestad para aleccionar a los demás, o si estamos tan frustrados como Valeria o carecemos de tanta personalidad como Marié.

El desencanto, la frustración, la desorientación y la insatisfacción son los pilares de la vida de todos los personajes de la novela de Etxebarria. Algunos de ellos son conscientes de su desgracia y conocen su origen, como lo es el caso de Valeria o el de Lola, pero la gran mayoría simplemente se limitan a vivir del modo más natural posible su realidad, fundamentada en un sinfín de acontecimientos banales y superificiales regidos por la velocidad, el cambio constante y supérfluo y la desconsideración hacia el resto de personas (egocentrismo), con la única finalidad de la búsqueda desenfrenada de aquello que les llene el abismal vacío que todos ellos sienten y que no hay modo de llenar: ni con sexo, ni con trabajo, ni con estabilidad económica, ni con éxito, ni con estudios…

Todos estos personajes esperan algo de la vida que nunca les llega, sumidos en una espiral de cambio veloz, donde la única estela imperante es la exaltación del yo. El problema, a mi entender, es que ya ni siquiera saben lo que buscan, lo que desean. Los personajes que nos presenta la autora viven en una sociedad en la que ya se han perdido los valores sociales y el sentimiento del que impregnó Prometeo a los hombres. Viven en un mundo en el que todos tienen que luchar y moverse para conseguir más que lo que han conseguido los demás (belleza, riqueza, triunfo, éxito), olvidándose por completo de las pequeñas y sencillas fórmulas en las que realmente reside la felicidad. Y este proceso ha llegado a los extremos de los que habla Baudrillard cuando afirma que «hemos caído en el pánico inmoral de la indiferenciación, de la confusión de todos los criterios», porque ya nada nos importa de verdad, nada es permanente, nada es real y todo es supérfluo.

¿Qué ha ocasionado esta realidad, esta pérdida de valores sociales y morales? Quizá han sido los medios de comunicación, con su defensa de la novedad rápida, constante e inmediata; quizá ha sido el consumismo, que nos arrastra a todos en una espiral de derroche innecesario pero considerado socialmente positivo; quizá ha sido el deseo de individualismo llevado al extremo que ha surgido en contra del hombre moderno. Quizá, quizá, quizá.

La persecución de la felicidad es algo que impera en nuestro mundo postmoderno pero que muy pocas personas logran alcanzar, si es que realmente existe el concepto. Yo me atengo a las teorías filosóficas de que la felicidad reside en uno mismo, y que no hay manera de hallarla en el exterior si antes no nos hemos conocido en profundidad a nosotros mismos. Esta es, creo, la idea que he reafirmado después de leer y dejar reposar el libro por lo que al análisis de los personajes se refiere.

Uno debe analizarse a si mismo, conocerse, marcarse unas metas, fundamentarse en unos valores y, luego, enfrentarse con esos medios al mundo que nos envuelve.

Gala

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