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El juego de las voces narrativas

Porque no es lo mismo que te lo cuenten que vivirlo uno mismo… y es que una misma realidad puede verse totalmente modificada dependiendo de la perspectiva que se tome para adentrarse en ella; cada uno de los individuos que protagonizan un suceso lo experimentará desde ángulos diferentes, y los valorará haciéndolos pasar por el tamiz de su propio juicio, siendo condicionado este por su propia ideología, sus opiniones, prejuicios y demás dictámenes personales.

Partamos de la situación dada, por ejemplo, en la escena de un crimen: un cadáver y tres sospechosos: el hecho es el mismo ―el asesinato― pero cada uno de los implicados tendrá una percepción distinta de ese mismo hecho. O, al menos, dará una visión diferente.

Pensemos ahora que este hecho es la trama de una novela y que son los sospechosos los encargados de transmitir al lector la acción (o lo que es lo mismo: una historia con narradores intradiegéticos): ¿acaso creeremos que la versión de los hechos será la misma para todos los implicados? He aquí la magia de una novela cuya narración sea polifónica: como lectores, acogeremos lo contado asumiendo que cada uno de los diferentes narradores explicará lo acontecido (que se constituirá como argumento de la novela) dependiendo de la información que maneje, dependiendo de la situación en la que se encuentre respecto a los hechos (si está involucrado directamente en ellos, si es un mero espectador…). No podemos aventurarnos a acusar a alguno de ellos de que mienta en su narración: puede que se limite a describir lo que uno haya vivido y experimentado. Pero puede que ese individuo no disponga de toda la información, o que la que disponga se haya visto ligera o totalmente adulterada por diversos factores externos, o que omita algunos datos ―bien inconscientemente porque no disponga de ellos, bien a propósito por no querer dar cuenta de ellos…

Con todo, si el asesinato es contado por una voz externa que no se personifica en ninguno de los personajes, esto es, un narrador extradiegético, la información que reciba el lector será totalmente distinta: un narrador omnisciente puede dar a conocer no solo los acontecimientos que tienen lugar físicamente en un espacio y en un tiempo concreto, sino que puede ir más allá y adentrarse incluso en los pensamientos de los personajes, entre otras muchas más licencias narrativas que se puede tomar.

El autor de una novela es el responsable de qué información recibe el lector y de cómo la recibe y es el encargado de decidir quién será el encomendado a manifestarla, con las consecuencias que ello tenga en la asunción de la misma por el lector. El escritor, por lo tanto, en la concepción del narrador en el proceso de creación literaria, deberá jugar con varios factores: la voz, es decir, quien emite el discurso; la focalización, es decir, la perspectiva desde la que se recibe la realidad que sustenta ese discurso, y el modo o la distancia respecto a esa realidad, que responderá a las preguntas de cómo se reproduce verbalmente lo acontecido y del discurso que origine.

En la narrativa del siglo XIX encontrábamos narradores ajenos a la historia, narradores con conocimientos totales sobre los hechos, narradores con conocimiento total sobre las conciencias de los personajes o narradores… La narrativa realista del siglo XIX está bajo la influencia de una concepción aristotélica de la trama. Aristóteles definía trama como «el principio fundamental de la tragedia» y «la imitación de la acción», formulando la teoría de la trama unificada.

Centrándonos ahora en la narrativa contemporánea, cabe decir que los narradores dependen de la variedad de focos, de los diversos modos o distancias respecto del relato y de la posible polifonía del propio narrador.

Lucía Etxebarria, en su novela Lo verdadero es un momento de lo falso participa maestramente de este juego narrativo. Comprende que en una historia presentada como una novela negra es fundamental mantener el suspense y la intriga, y lo consigue gracias a los cambios en la voz narrativa. Cada uno de los distintos narradores a los que va dando voz en cada uno de los capítulos va aportando información nueva al lector, que deberá ir colocando en el lugar correcto las piezas de este puzle novelesco que crea Etxebarria para desentramar la historia.

La historia se nos presenta de forma circular: una primera persona del singular, reconocible en el personaje de Romano, es la voz que inicia la narración, y será esta misma quien cerrará la trama. Y es que Romano tiene gran relevancia en la historia; de hecho, es el único personaje que no recibe una descripción externa desde una voz omnisciente, como sí le ocurre al resto de personajes que narran: a partir del capítulo segundo, un narrador omnisciente es el encargado de situar al lector ante el personaje que, al capítulo siguiente, aparecerá en primera persona, como narrador protagonista del capítulo.  Así, se constituye una estructura de 18 capítulos donde los pares son narrados por una voz externa, y los impares por una voz narrativa protagonista. Se construye, por lo tanto, la siguiente disposición de voces narrativas:

 Romano (1ª persona)  Olga (3ª persona) ― Olga (1ª persona) ― Mario (3ª persona) ― Mario (1ª persona) ― Lola (3ª persona) ― Lola (1ª persona) ― Marié (3ª persona) ― Marié (1ª persona) ― Sabina (3ª persona) ― Sabina (1ª persona) ― Iria (3ª persona) ― Iria (1ª persona) ― Sonia (3ª persona) ― Sonia (1ª persona) ― Valeria (3ª persona) ― Valeria (1ª persona) ― Romano (1ª persona).

Ahora, a partir de los estudios llevados a cabo por el teórico francés Gérard Genette, teórico de literatura y poética y uno de los creadores de la narratología, contemplaremos el juego de las figuras narrativas en la obra de Etxebarria. Las bases teóricas anunciadas formuladas por los autores serán ejemplificadas con algunos extractos del texto.

Genette caracteriza y distingue tres tipos de narradores:

a)      por un lado, el narrador autodiegético;

b)     por otro, el narrador homodiegético;

c)      y por otro, finalmente, el narrador heterodiegético.

El narrador autodiegético es el que relata sus propias experiencias como personaje central de la historia; por ello, se manifiesta en primera persona del singular (puesto que habla de sí mismo). Este tipo de narrador aporta datos personales e íntimos del sí mismo, y lo hace desde su fuero interno, dando a conocer sus emociones, sus pensamientos y sus intenciones, aunque esto no quede manifestado en la acción misma de la novela. Es la técnica del monólogo interior. El lenguaje utilizado es el resultado de un fluir de la conciencia del personaje, que parece reproducir verbalmente, sin ningún tipo de cortapisa racional o estética, sus ideas. Lo único que difiere realmente el monólogo interior de estos capítulos (los impares) es que existe un verdadero oyente que recibe el mensaje del discurso (¿el periodista, el policía, el biógrafo de Pumuky, la propia Etxebarria?), aunque no quede manifestado implícitamente en ningún personaje.

Según la teoría, el narrador autodiegético es el protagonista de la historia contada. Tomemos el siguiente ejemplo, extraído del primer capítulo, titulado «Pumuky en París»: «Cuando uno crece, se le caen muchos mitos. Por ejemplo, hasta hace poco, yo creía que tenía muchos amigos, pero después de haber visto muchas cosas que he visto, he empezado a entender una máxima de La Rochefoucauld que nos enseñaron en el Liceo, que venía a decir algo así como que por raro que sea el verdadero amor, lo es menos aún que la verdadera amistad». Quien habla es Romano, pero este no es el personaje central de la novela; toda la novela está construida sobre un personaje (Pumuky) que no comparte el mismo tiempo y espacio que el resto de los personajes/narradores, ya que ha fallecido. Las referencias al mismo son manifestadas en un tiempo aún más posterior al tiempo de la narración de cada uno de los narradores. Con lo cual, la autora experimenta con sus voces narrativas y da protagonismo a aquellos personajes que no mueven la trama, sino que son los encargados de darnos los datos para ir completándola.

Romano, Olga, Mario, Lola, Marié, Sabina, Iria, Sonia y Valeria son narradores homodiegéticos testigos, es decir, narradores que cuentan no su historia, sino la de otro personaje (Pumuky), con quien están relacionados. El relato es personalizado pero no tan subjetivo. En la medida que estos personajes hablan de sí mismos, podríamos considerarlos como autodiegéticos, y aún podríamos catalogar su discurso dentro del monólogo interior (de ahí, por lo tanto, la yuxtaposición o el registro informal utilizados); pero si nos centramos en la figura principal de la novela, todos ellos serían homodiegéticos, puesto que tienen la función de contar la historia y de comunicar informaciones que han obtenido gracias a los datos obtenidos por su propia experiencia como personaje, aunque sea como secundarios.

El narrador heterodiegético es el narrador que cuenta una historia en donde no se implica como personaje. Esta voz se mantiene en el anonimato y se expresa en tercera persona. Contempla la historia como una totalidad acabada y la presenta resumida y verbalizada. Ejemplo de ello sería la voz narrativa del capítulo cuarto, titulado «Follar con la madrastra»: una tercera persona que habla del personaje de Mario: «A Mario le gustó que su padre se volviera a casar. Y le encantó que se casara con una mujer más joven y más guapa que su madre. No es que le cayera muy bien su padre, pero Leonardo le caía muchísimo peor. “Un trauma edípico ―decía Romano―. Te jode que otro te haya robado a tu madre, aunque a tu padre, qué remedio, se lo tenías que aguantar y perdonar”. “Vete a tomar por culo ―respondía Mario―, pedante, que a veces te pones más pedante que el propio Leonardo, que ya es decir. No aguanto a Leonardo porque no hay quien lo aguante, porque es un prepotente, un chaquetero, un lameculos y un pesado, y no sé que coño pudo ver mi madre en él”». Como se puede observar, este narrador heterodiegético conoce la historia y a los personajes, pero incluso es capaz de reproducir en estilo directo los diálogos que estos mantuvieron e incluso los pensamientos que tuvieron.

Llegados a este punto, hemos de volver a subrayar el trabajo de Lucía Etxebarria en su novela: mediante el ir y venir de personajes encargados de narrar lo acontecido según su punto de vista, crea una intriga en el lector, que ansía continuar con la lectura para que cada nueva intervención le proporcione nueva información que le ayude a completar el enigma de la muerte de Pumuky. Y, con todo, el lector no obtiene una respuesta clara… y es que, citando a Ramón de Campoamor:

«En este mundo traidor,

nada es verdad y mentira;

todo es según el color

del cristal con que se mira.»

Paloma Brunet Castell

Félix Pérez González

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