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Personajes femeninos

En este apartado, analizaremos los personajes femeninos de la obra desde sus elementos comunes a los rasgos particulares de cada una de los personajes femeninos que aparecen en la novela. Como todos estos personajes comparten el mismo sexo, hemos observado algunas características comunes que las engloban en varios arquetipos genéricos, estableciendo una posible clasificación para el análisis de los personajes.

Según el recuadro que aparece al principio del libro, contamos quince personajes de sexo femenino. Aunque las mencionemos todas, el análisis se centrará en los personajes de más relevancia en el texto: las madres, Sabina, Marié y Charlotte; las parejas de los miembros del grupo, Valeria, Sonia, Olga y Lola, además de la pareja Isabel –Iria.

En el primer grupo de mujeres, las madres biológicas de los tres protagonistas, tienen una influencia capital en sus hijos, si bien se comenta a lo largo del libro que todos ellos padecen el complejo de Edipo, debido a la especial relación que tienen con sus madres, ya que todos marcan su discurso.

Sabina influye en la manera de pensar de Romano, tanto que hasta muchas de los pensamientos de Romano están salpicados de conceptos psicológicos propios de su madre, una psicoanalista. Él mismo se sorprende muchas veces –como podemos ver en los dos capítulos en los que él habla en primera persona—de las ideas más propias de su madre, Sabina, que suyas propias.

Por otro lado, Charlotte es un personaje in absentia, pero también de notable relevancia. Ella configura desde su ausencia el carácter lánguido, débil, enfermizo, obsesivo y traumático de Pumuky, debido a su prematura muerte, al apego del crío cuando Charlotte vivía, a la adoración constante que el joven protagonista aún conserva de su madre simbolizada en que aún mantiene su piso de la misma manera que cuando murió.

También se refleja a  través de algunos recuerdos o anécdotas narradas por algún personaje, como Romano, quien nos cuenta que al descubrir a su madre muerta en la bañera, el niño Pumuky se abrazó a su cuerpo sin vida durante toda la noche antes de avisar a la policía.

En último término, Marié también marca de alguna manera a su hijo Mario. Además de compartir nombre, ambos demuestran un comportamiento inseguro que recuerda a la infancia de niña apartada y solitaria de Marié, mientras que Mario en su círculo personal íntimo mantiene una escasa relación con su padre biológico, Víctor. Además, odia al actual novio de su madre, Leonardo, así que todo el sustento familiar lo depositará en su madre biológica.

Desde Mario, observamos la relación especial que tendrá con su otra madre, Lola, la mujer de su padre, es decir, su madrastra. En este caso, la astuta Lola además de lograr casarse con Víctor, un hombre culto, mayor que ella, pero sobre todo, rico; tiene una relación adúltera con Mario, de una edad mucho más cercana. La joven Lola encontró en Mario al acompañante más cercano al amor que su pareja estable, parte de un matrimonio apagado.

Sin embargo, esta mujer le dejará al enterarse de que se ha quedado embarazada, con el propósito de mantener el estado de las cosas: seguir casada con su marido, Víctor, y hacerle creer que el hijo es suyo. Esta actitud calculadora, inteligente y pragmática será un denominador común en algunos personajes femeninos de la obra; al igual que cuando deja a Mario porque espera un hijo suyo.

Otro caso es el de la psicóloga Sabina, madre de Romano, quien también sabe actuar de manera interesada, puesto que establece relaciones amorosas pasajeras con personas sentimentalmente dependientes: tiene una aventura con Isabel, la pintora neurótica que empezó a hacer terapia junto a un colega suyo, y a la que seguramente podría controlar sentimentalmente; a la vez que seguramente tendría alguna aventura con Pumuky, un personaje profundamente dependiente sentimentalmente: le faltaba una madre, una terapeuta y seguramente una amiga. Además, como le dijo el mismo Pumuky a Iria, Sabina suele tener aventuras con mujeres: “a Sabina le gustan mucho las mujeres, y le gustan mucho las mujeres casadas, pero las historias de Sabina no suelen durar […] y que Sabina no tiene espíritu de sacrificio”.

Por su lado, Marié también comparte alguno de estos elementos. El idealismo romántico de Marié se ve frustrado cuando descubre que su segundo marido, Leonardo, tiene una amante: una estudiante brillante y tremendamente joven, y tremendamente guapa, llamada Laura—que también intenta ir de la mano de algún acaudalado hombre maduro, como la madrastra Lola, o Anna, la amante del poeta Benito Monjardín—con la que mantiene una relación desde hace unos meses. No obstante, el pragmatismo opera en Marié desde el mismo momento en el que decide no intervenir en la relación, que se presume efímera, a la espera de nuevos acontecimientos mientras vigila los movimientos de su marido a través del correo electrónico.

Del mismo modo, Olga también posee ese carácter competitivo que se muestra cuando la obsesiva Cristina se encapricha del que a la postre sería su  marido, Iván, por quién no profesaba un interés demasiado acentuado hasta que una cantautora que ella promocionaba inició una tormentosa relación con él. Después de un imbricado triángulo amoroso, Olga e Iván se casaron y la pasión enardecida de ambos se vio apagada por la rutina. Después de varias aventuras por ambas partes, llegó el divorcio. El carácter competitivo y ambicioso de Olga se vuelve a demostrar cuando afirma que sigue manteniendo relaciones adúlteras con su ex marido, que tiene una nueva pareja.

La joven Valeria también manifiesta algún comportamiento de este estereotipo de mujer. En el momento en que descubre la infidelidad de su novio Romano con Sonia, establece acto seguido una relación con el íntimo amigo de él, Pumuky, actuando de manera fría por despecho con el propósito de fastidiar a Romano. También, una vez consumada la venganza, seguiría su plan dejando al obsesivo Pumuky –una relación dependiente que no funcionaba—por  un cantante de más fama, como advierte el narrador: “Y saltó de Pumuky a David como si avanzara de liana en liana por la selva de los aspirantes al triunfo artístico. Ni el uno ni el otro le importaban gran cosa pero David, desde luego, era mejor pasaporte para la fama que Pumuky”.

Todas estas conductas similares definen a un arquetipo de mujer que aparece en la novela: el personaje astuto, competitivo, ambicioso, hábil, egoísta y seguro de sí mismo. Se trata de mujeres con personalidad que siempre suelen conseguir sus objetivos. En contraposición, encontramos otro tipo de personajes femeninos de otro tipo: mujeres obsesivas, de baja autoestima y poco seguras de sí mismas.

En este grupo podríamos incluir a Isabel, la pintora traumatizada y depresiva que padece agorafobia, y que no puede controlar sus emociones. Del mismo modo, su pareja, Iria no sabe cómo salir de una relación servil y acabada, debido a su falta de seguridad, aunque cuando esta acabe por motivos exógenos –una infidelidad—ella afirmará estar mucho mejor.  Como le sucede, quizá por otros motivos, a la aristocrática Mara, personaje preso de un matrimonio político que acaba traumáticamente representado en el anillo de boda que le regala a Sabina.

Y pese a que su menor presencia, la cantautora Cristina Banderas también comparte rasgos de personalidad con estas dos mujeres, especialmente con Isabel, puesto que no es capaz de controlar la emoción y sufre brotes de celos, a causa de su carácter posesivo extremo.

Así, Sonia, la camarera de La Taberna Encendida tampoco posee la seguridad suficiente como para conseguir que Romano no la utilice sexualmente cuando le apetezca. Enamorada de él, no logra hacerse un hueco del mismo modo que Valeria, y cuando estos dos acaben su relación gracias a la infidelidad, no adquirirá el mismo rol de pareja estable, como ella quisiera, sino que seguirán siendo íntimos amigos, como seguramente prefiere Romano.

Aunque sea un personaje híbrido, a caballo entre los dos modelos generales de mujer que aparecen en la obra, podríamos hablar también de Marié, especialmente cuando era joven. Como arrastraba los traumas propios de una chica aislada de las relaciones sociales –pasó una infancia solitaria, con la única compañía de sus libros—sufría constantes problemas de seguridad en sus primeras citas con su futuro marido, Víctor, al mismo tiempo que, seguramente, acabó aceptando el matrimonio con él ya no por su desmedida pasión, sino por reconocerse a sí misma que quizá sería el único hombre capaz de cuidarla, de compartir su vida, por inseguridad y miedo a una soledad futura.

Concluyendo, estos son los dos arquetipos principales reconocibles en los personajes femeninos del libro. Observamos como son personajes psicológicamente contrarios que se necesitan unos a otros, y se relacionan, en la mayoría de las ocasiones, estableciendo relaciones amorosas volátiles, apoyándose unos en otros, complementando necesidades y carencias entre caracteres opuestos.

Luis Alberto Moral Pérez

Rebeca Ramírez Pérez

Macarena Pérez Paz

Categories:Literatura, Personajes
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