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Subjetividad y Objetividad

El libro se construye sobre tres pilares, que son los tres miembros del grupo de música, Romano, Mario y Pumuky, sobre los que se construye una trama de la que podemos entrever la verdad. Pero es una verdad a medias, pues la autora se cuida mucho de que así sea, tanto de manera implícita, dejando caer palabras de Pumuky como que quería suicidarse, como de manera explícita en varias ocasiones, diciendo que una determinada opinión de un protagonista es sólo “su” verdad y que difícilmente llegaremos al verdadero Pumuky a través de los demás.
Este es un tema que preocupa realmente a la autora y que en realidad tiene difícil solución. La eterna dicotomía entre subjetividad y objetividad, que seguramente sólo sea salvable creyendo aquello de que nunca conocemos realmente a alguien. Y no porque tenga secretos escondidos en su subconsciente que nos trate de ocultar y que en un determinado momento aparezcan, y entonces nuestra opinión sobre esa persona cambie de una manera tan radical como para hacer que una novia pase a ser una exnovia, una pequeña tragedia de la memoria. Y analizamos entonces, a partir de este pequeño descubrimiento, como si de repente nos diésemos cuenta que aquello no era la Índia sino un nuevo continente, todo lo anterior, y vemos cosas que antes no podíamos ver. Esto sucede porque en realidad siempre nos formamos una opinión sobre los demás. Es una opinión basada en esa persona que conocemos, pero a través de nosotros. A través de nuestras inquietudes, similitudes, miedos y deseos. Actuamos como filtro. La otra persona es un fenómeno de nuestra subjetividad. Y si ya resulta lo suficientemente difícil conocerse a uno mismo, como dictaba el Oráculo de Delfos al pie del monte Parnaso, más aún resulta conocer a los demás mirando a las personas a través de un filtro. Nuestro propio filtro que no podemos ver porque está dentro de nuestra retina; un filtro basado en nosotros mismos. Un filtro del que no somos para nada consicentes.
Schopenhaüer dijo que “el hombre en su totalidad es un fenómeno de su voluntad” y que, por tanto, es estúpido tratar de ser algo distinto de lo que en verdad se es. Si Pumuky quería suicidarse a los 27, seguramente lo haría. Y lo de citar problemas con unos colombianos (pobre pueblo estereotipado hasta la hipérbole, ¿acaso aquí somos todos toreros?) fue sólo un recurso puntual de la autora para salpicar al lector con la duda de si lo matan ellos o si es él quien realmente se quita la vida.
Pumuky repitió varias veces, así lo dicen varios testimonios de sus conocidos (y eso no es demasiado subjetivo, pues las palabras se dicen en un tono o en otro, pero se dicen al fin y al cabo) aquello de su deseo de suicidarse. Una vez escuché una frase que decía: “vigila tus pensamientos, porque se convierten en palabras; vigila tus palabras, porque se convierten en acciones, y vigila tus acciones, porque se convierten en tu conducta”. Los pensamientos de Pumuky permanecen ocultos en su “yo interior”, sin embargo tenemos todo lo demás: palabras deseosas de suicidio, acciones una detrás de otra en la mala dirección, y una conducta autodestructiva. La autora nos sugiere que quizá no, porque la narrativa actual premia a los finales abiertos. Lo cierto es que analizando bien el libro y leyendo las páginas que tratan sobre Pumuky, la única salida lógica de su trágica existencia es la muerte, como en la antigua Grecia.

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